martes, 21 de febrero de 2012

From Russia with Love.

Creo que jamás en la vida había pasado tanto miedo, y nunca lo he vuelto a sentir después de aquello. Como aquel demonio había dicho, delatándose y delatándome a mí al mismo tiempo, yo estaba de parte de los ángeles y aquel era el problema final; el acto de fe. Fuera el que fuese el resultado de aquello yo debía morir. O, al menos, debía morir para John. Pero yo no quería. Después de muchos años sintiéndome existir en una especie de limbo, John me hacía sentir vivo; mucho más vivo de lo que jamás me había sentido. Honestamente, creo que a él le pasaba lo mismo conmigo: éramos, como dirían los enamorados, medias naranjas. Siguiendo con la metáfora, supongo que los demonios serían algo así como el cuchillo. No entiendo mucho de literatura.
Algún tiempo más tarde, me enteré de que John era un demonio que escapó para ponerse de parte de los ángeles, aunque esa es su historia y deberá ser contada con su protagonista. Estábamos hablando de mi salto de fe. En realidad, me dolió mucho más el grito desesperado de John que el golpe contra el suelo. Cuando mi “cadáver” llegó a Barts, Mycroft me sacó de allí y convenció a Molly para que falsificara la autopsia y fingiera que el cadáver de un sin techo encontrado muerto de frío aquella noche era el mío. Tras unas cuantas semanas en el hospital, me dejaron en el aeropuerto con un billete de ida a Rusia, donde vivo desde entonces. Me llamo Sherlock Holmes, y esta es la historia de cómo no morí.

domingo, 18 de diciembre de 2011

No es lo mismo sobrevivir que vivir, igual que tampoco es lo mismo estar salvado que a salvo.

viernes, 16 de diciembre de 2011

-Eres la primera persona que sale de una parada desde que estoy aquí, ¿sabes?
-Bueno, sólo un cinco por ciento sobreviven, doc -sonrió ella mientras abría la gelatina.
-Sí, pero tú estás tan tranquila, sentada en la cama comiendo... Y es descorazonador estar al otro lado y ver cómo alguien se te va de las manos sin hacer nada...
-Es peor estar al otro lado, te lo digo por experiencia. Sobre todo los primeros segundos. Los aterradores primeros segundos.
-¿te ha pasado más veces?
-Oh muchas. ¿Tienes más gelatina? Me muero de hambre. En fin, sufro el Síndrome de Badenov. Se me olvida cómo respirar. No es que me de un paro cardíaco, porque cuando te pasa eso la gente respira hondo. Yo no lo hago, porque no sé. Sé que me estoy quedando sin oxígeno y que necesito introducirlo en mis pulmones para vivir, pero no soy capaz de recordar cómo hacerlo. Entonces todo se vuelve negro y lo próximo es esto: una habitación de hospital. 
-Te lo estás inventando, eso son ataques de pánico.
-De ninguna manera. Debe estar en uno de esos libros gordos de medicina en los que vienen todas las cosas que existen, por muy raras que sean. Pero no te voy a negar que sí que sufro ataques de pánico de vez en cuando. Oh, el pánico, eso es lo peor. Pánico porque puede pasarme en cualquier momento: mientras compro, en clase, mientras juego al baseball. Pánico porque esa vez podría ser la última vez. ¿Psicólogos? Bah, no sirven de nada. Y lo he intentado, no creas que no; pero es imposible ayudar a una persona que tiene la certeza absoluta de que es probable que de un momento a otro puede olvidársele cómo se respira. ¿Cómo puede ayudarse a una persona con ese problema, y más si ese problema sólo lo sufre ella. 
-Cómo que sólo lo sufre ella? ¿Eres la única con ese problema?
-¿Por qué te crees que se llama Síndrome de Badenov? Los médicos se pelean por estudiarme, pero yo ya estoy harta de hospitales. Sólo quiero irme a casa, doc. ¿Puedes darme un parte de alta voluntaria? Tenía pensado ir al cine esta tarde.

jueves, 15 de diciembre de 2011

El Sol es un folio arrugado.

No es nada fácil que tu mundo gire alrededor de un papel porque, la mayor parte del tiempo, no sabes qué hacer con él. Garabateas palabras al azar, intentando crear una historia hilándolas entre sí, pero no funciona. Necesitas escribir algo que te ayude a vaciar todos los pensamientos y emociones que vagan por tu cabeza, y esperas ansioso un desencadenante; cualquier gesto, palabra, imagen o melodía que provoque la reacción que esperas. 
Y cada minuto es una hora, y cada hora un tiempo vacío y desperdiciado.
Y es extremadamente descorazonador.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Which way should I go?

Which Way Should I Go? (this-is-the-life2905)

Hasta hace cinco minutos todo estaba muy claro. Pero, como siempre, todo se estropeó en el último minuto. 
Los "eso no tiene futuro", "estudia otra cosa" y "todo el mundo que lo ha estudiado está ahora en la cola del paro" empezaron a agolparse en su cabeza, haciendo que su pulso se elevara hasta ciento cincuenta pulsaciones por minuto y causándole una opresión en el pecho.
"Joder, me cago en todo. Tenía que darme un ataque de ansiedad justo ahora", pensó mientras empezaba a realizar la respiración abdominal, intentando dejar la mente en blanco y pensar objetivamente. Al fin y al cabo se había metido en esa rama porque tenía vocación para esa carrera. Le gustaba desde que tenía uso de razón, y le encantaría trabajar en algo relacionado con ella. Pero también le gustaban la Medicina y la Psicología. Aunque la nota de Medicina era muy alta, y ella se había quedado por debajo. Y Psicología tampoco es que le encantase. Y la Física, ahora que la entendía, parecía menos aburrida. Aunque tenía pocas salidas. Microbiología o Biotecnología no estaban mal, pero tenían demasiado laboratorio. Definitivamente, no quería pasarse toda su vida mirando por un microscopio y quedándose cada día más ciega. 
Un minuto para marcar la casilla.
"A la mierda, yo marco Biología y que pase lo que tenga que pasar".
Y, sin saberlo, hizo lo que había hecho siempre: seguir a su corazón.

Sí, lo sé, un título súper original.

martes, 1 de noviembre de 2011

500 miles.

But I will walk 500 miles.
And I will walk 500 more
Just to be the man who walked 1000 miles
to fall down at your door.

Ella se había ido en avión hacía bastantes siguiendo, como siempre, sus sueños. Patrick debería haber supuesto que lo haría cuando la conoció, pero ya se sabe que el amor nos vuelve ciegos. Tat se había mudado desde Rusia a América para tener la oportunidad de estudiar en un idioma que le abriría muchas más puertas que su lengua materna, y conoció al hermano de Patrick, Russell, en la cafetería de la Universidad. Al poco tiempo de conocerse él se enamoró de ella pero, como casi todos sus amores, no era correspondido. A pesar de eso se llevaban estupendamente (ella nunca llegó a saber que la quería), y se pasaban las tardes en la casa de él (ella compartía piso con otros estudiantes, mientras que él tenía casa propia) haciendo trabajos o preparando los exámenes. No fue hasta dos años después de conocerse (cuando ella ya estaba en cuarto de carrera) que a Patrick lo echaron de su piso compartido y tuvo que mudarse a casa de su hermano. Se enamoró de ella en cuanto la vio por primera vez, pero ella estaba demasiado enamorada de sus mundos de células y ecosistemas para enamorarse de alguien. A pesar de ello, fue separándose de Russell: le gustaba estar con él, pero pasar el tiempo con Patrick era muchísimo más divertido. Junto a él parodiaba los distintos grupos de vertebrados, salía por ahí a comerse la hamburguesa más grande del mundo, paseaba por las calles de Manhattan hasta altas horas de la madrugada y hacía musicales sobre la vida de los seres abisales. Y poco a poco, sin darse cuenta, ella se enamoró también. Y entonces acabó la carrera y encontró un puesto en el trabajo de su vida: una reserva de animales en plena sabana africana. En cuanto recibió la llamada, no dudó en sacar el móvil y telefonear al que ya se había convertido en su inseparable amigo:

-¡¡Me han dado el trabajo!! -chilló con toda la fuerza que pudo.
-¿Qué? -preguntó Russell, sobresaltado por el entusiasmo de Tat.
-Ah, hola Russ, soy Tat. ¿No era este el móvil de tu hermano? Bah, da igual. ¡He encontrado trabajo en África! Mi avión sale dentro de cuatro horas y, bueno, como me cobran mucho por llevarse mi coche me preguntaba si podríais llevarme Patrick y tú al aeropuerto.
-¿Y cómo piensas llegar a tu destino? Porque no creo que los aviones aterricen en medio de la nada.
-Me recogen los de la reserva en el aerpouerto.
-Está bien, estamos en tu casa en media hora.

Había pasado diez años desde aquel día. Tat se dio cuenta de que estaba enamorada de Patrick cuando se abrazó a él para despedirse antes de montar en el avión, y este no se atrevió a declararse por miedo a que su amiga decidiera abandonar el trabajo de su vida por quedarse junto a él, ya que ninguno de los dos creía en las relaciones a distancia, y tampoco estaban muy seguros de que fueran a volverse a ver algún día. Él nunca volvió a enamorarse, y ella volvió a centrarse en su trabajo de la misma manera que se centró en los primeros años de Universidad. Así que a Tat se le paró el corazón cuando vio a Patrick en el asiento del copiloto, esperándola para acompañarla al corazón de la reserva.

-¡¿Qué demonio estás haciendo aquí!? -chilló mientras se abalanzaba sobre él y le cortaba la respiración con un abrazo tan fuerte como el de un oso.
-Oh, bueno, llevamos muchos años sin vernos y me pareció que ya era hora de hacerte una visita -se estremeció al oír un rugido de león-. Además, me apetecía visitar el país.
-¡Es Cas! -exclamó ella divertida por la reacción de su compañero y, a la vez, emocionada. Hacía un par de semanas que no escuchaba al macho, y temía que hubiera tenido una pelea con un rival y hubiera tenido que abandonar el territorio o, peor, que hubiera muerto peleando-. Pero no te preocupes, está a un par de kilómetros de nosotros y nunca atacaría un coche -y, cogiendo el intercomunicador, dijo-: hey, chicos acabo de escuchar a Cas. Está cerca de la zona 4, voy a acercarme a ver qué tal está. Seguiré informando.
-¿Diferencias a un león por su rugido?
-Bueno, el rugido de Cas es muy peculiar, bastante ronco. Creemos que de pequeño se hizo daño de alguna forma en las cuerdas vocales. Probablemente lo vuelvas a oír cuando nos acerquemos a él, así que fíjate y compáralo con el de las demás. ¡Te va a encantar la zona! -chilló por encima del estridente sonido del motor arrancando.

Era de noche cuando volvieron a casa. Las estrellas brillaban sobre la sabana, y ambos cantaban I will walk 500 miles a la vez que el cantante de The Proclaimers, cuya voz se cortaba de vez en cuando debido a interferencias en la onda de radio.
-Te quiero -susurró de improvisto Patrick cuando la canción dejó de sonar.
-¿Qué? -Tat había parado el coche a unos veinte metros de su casa.
-Te quiero. Siempre te he querido. Te quise desde el primer momento en que te vi, tirada en el suelo de la casa de Russell murmurando algo sobre la genética y sus reglas aparentemente aleatorias -y, al acabar de hablar, la besó.
-Yo también te quiero -sonrió ella mientras bajaba del coche-. Bueno, ¿y ahora qué? -musitó dubitativa cuando Patrick abandonó el asiento del copiloto y la cogió de la mano-. Tú tienes un trabajo en Manhattan, y la vida en plena sabana africana es muy distinta a la que has llevado hasta entonces. ¿Qué piensas hacer? ¿Quedarte? ¿Volver?
-Supongo que haré lo que tú has hecho toda tu vida: improvisar sobre la marcha. Tampoco te ha ido tan mal, ¿no?

jueves, 15 de septiembre de 2011

Music is on fire, oO-Rein-Oo (Deviantart) 
Habían pasado muchos años desde que Sophie había tocado la guitarra por última vez. Nunca olvidaría el día en que tuvo que abandonar su preciosa guitarra en el campo porque una bandada de aviones de guerra empezó a sobrevolar sus cabezas. Recuerda a su padre tirando tan fuerte de ella que le dislocó el hombro, las lágrimas saladas rodando por sus mejillas porque no quería abandonar su guitarra y el mástil volando por los aires después de que una bomba estallara cerca de su instrumento, reduciéndolo a pedazos sin valor. 
Las noches en vela, encerrada en el refugio, imaginando que volvía a tenerla entre sus brazos, la emoción del final de la guerra y las miserias de la posguerra; su padre regresando a casa después de conducir un camión durante días enteros, su madre con las manos destrozadas por los productos de limpieza, las peleas en la escuela porque quería su bocadillo y sus ojos llorando de tener que forzarlos para estudiar a la luz de una linterna medio estropeada. 
Pero ahí estaba. Su compañera de piso había adivinado que tocaba la guitarra de pequeña (¿tal vez había encontrado la foto que guardaba, hecha minutos antes de que estallara la guerra?) y le había regalado una que tenía de cuando era joven que, de casualidad, todavía guardaba por ahí. Y ahí estaba ella, con la cara empapada de lágrimas, sin poder apenar ver, acariciando la caja de resonancia y pasando la mano por el mástil, todavía sin creerse que, después de tantos años, volvía a tener una guitarra. Empezó tocando unas variaciones sin demasiada confianza, pero en seguida recordó los acordes de Aquellos hombres que viajaron por la pradera helada y empezó a cantar con los ojos cerrados. Por fin. Después de tantos años, volvía encontrarse con aquella vieja amiga. Y mientras la música renacía en ella se prometió a si misma que, pasara lo que pasase, nunca volvería a abandonarla.