Rebeca estaba leyendo en su camarote cuando oyó el chasquido de un rayo. Acostumbrada a navegar no se asustó demasiado, pero decidió asomarse a la puerta a ver cómo estaba el ambiente.
-¿Es muy gorda la tormenta? -preguntó a uno de los marineros que pasaban por el pasillo.
-Eso parece, señorita. Debería permanecer en su camarote por seguridad.
-De acuerdo.
Apoyando la espalda contra una de las paredes para evitar caerse, avanzó por el pasillo hasta llegar al comedor, vacío. Suspiró. Estaba a punto de preguntar a una señora que pasaba por allí cuándo escuchó los violines. Claro. Seguro que estaba tan absorta que ni se había enterado. En su camino hacia el teatro tropezó con un par de mesas y volcó un buen número de sillas.
-¡Mamá! -gritó al entrar-. ¡Mamá, tenemos que ir al camarote!
-¿Por qué? Este concierto es precioso, Rebeca. Las cuatro estaciones.
Los violines rechinaron cuándo un trueno retumbó por toda la sala.
-¡Hay una tormenta!
-Seguro que se calma.
-No, mamá, no se va a calmar. Está justo encima de nosotros. ¿Quieres hacer el favor de venir al camarote?
-De acuerdo, de acuerdo. Pero cuando lleguemos a tierra vas a ser tú la que pague mi próximo concierto.
-Como quieras.
Quince minutos después, el barco era un caos. Los músicos (y parte del público) estaban atrapados en la sala de conciertos, que ardía debido a un rayo que había impactado en el barco. La gente, presa del pánico, corría atropelladamente por los pasillos, arrollándose unos a otros en un intento por llegar a la otra punta de la embarcación lo más rápido posible. El fuego avanzaba por el barco sorprendentemente rápido mientras los más jóvenes y fuertes intentaban lanzar los botes salvavidas a una velocidad que nunca habían imaginado que podrían alcanzar y los niños lloraban.
-¡¡BECA!! -gritó Jillian mientras agarraba del brazo a su hija y señalaba al cielo-. ¡¡MIRA!!
Y arriba, la cosa más horrible que Rebeca había visto jamás: el cielo estaba en llamas. La enorme nube que había ocasionado la tormenta ardía. El resto de la tripulación alzó la vista y el puro terror se apoderó de todos. La gente se pegaba por un puesto en el bote salvavidas. Sin saber muy bien cómo, Beca se encontró sentada en uno remando para alejarse del barco lo más rápido que podía. La visión era terrorífica: en unos pocos minutos, el barco se había convertido en una caldera. La gente saltaba por la borda en un intento desesperado por salvarse. Más tarde, cuándo la policía llegó, encontraron cientos de cuerpos en el mar, con los pulmones llenos de agua y magulladuras (e incluso heridas mortales) causadas por piezas del barco que habían caído y golpeado a los nadadores.
La prensa recordará el caso como la segunda tragedia marítima más horrible después del Titanic, pero para los supervivientes será el aterrador día que el cielo ardió.
0 comentarios de texto:
Publicar un comentario en la entrada